Eric Clapton en Madrid: el regreso de un dios mortal, el peso del tiempo y un final que nadie esperaba.

Más de veinte años. Ese es el tiempo que Eric Clapton llevaba sin tocar en España, una ausencia tan prolongada que convirtió su concierto del 7 de mayo de 2026 en Madrid en algo más que una simple cita musical. Era una deuda histórica, una oportunidad largamente pospuesta para reencontrarse con uno de los arquitectos del blues y del rock tal y como hoy lo entendemos. Y también, hay que decirlo, una ocasión que muchos sabíamos probablemente irrepetible.

El Movistar Arena acogió una noche cargada de expectación y respeto. El público reunía a varias generaciones, desde quienes crecieron con Cream, Blind Faith o Derek and the Dominos hasta oyentes más jóvenes conscientes de estar ante un músico que ha marcado más medio siglo de historia. No había euforia desbordada, sino una atmósfera casi ceremonial.

Andy Fairweather Low: el telonero que es mucho más que un telonero

La velada comenzó con Andy Fairweather Low and The Lowriders, un comienzo que ya hablaba del nivel de exigencia de la gira. Fairweather Low no es un secundario cualquiera: fue el carismático vocalista de Amen Corner, banda clave del pop-rock británico de finales de los años sesenta, y desde entonces ha construido una trayectoria ejemplar como guitarrista, compositor y hombre de confianza de gigantes como George Harrison, Roger Waters entre otros y, por supuesto, del propio Clapton.

Su actuación, breve pero cuidadísima, fue una lección rock-blues musical. Canciones de raíz soul, tempos relajados y una guitarra puesta siempre al servicio del conjunto. No buscó protagonismo, pero lo encontró a través del respeto del público, que supo reconocer a alguien que forma parte del mismo ADN musical que el artista principal.

Clapton entra en escena: sobriedad, oficio y autoridad

Cuando Eric Clapton apareció en el escenario, lo hizo sin teatralidad alguna. Vestimenta sencilla, gesto concentrado, y esa forma tan suya de dejar que sea la música la que hable. Quien firma esta crónica lo ha visto en varias ocasiones en Londres, especialmente en el Royal Albert Hall, y también en el emotivo concierto homenaje a Ginger Baker en el Hammersmith Apollo. Allí, durante décadas, una frase pintada en la pared condensó como ninguna otra su estatus: “Clapton is God”. Una hipérbole, sí, pero también una forma de explicar una influencia que va mucho más allá del virtuosismo.

En Madrid, esa idea flotaba en el ambiente de una forma silenciosa. Nadie necesitaba decirlo en voz alta.

Una banda de lujo: viejos aliados y química sin exhibicionismo

Clapton se rodeó de una formación extraordinaria, diseñada para tocar con elegancia y sin estridencias en esta gira de 2026. A su lado destacó Doyle Bramhall II, guitarrista zurdo, cantante ocasional y colaborador fundamental en esta etapa de su carrera. Bramhall aporta una sensibilidad distinta, con raíces profundas en el blues texano, y su diálogo con Clapton fue constante, natural, casi telepático. No hay competición entre ambos; hay conversación y conexión. Se va notando que en momentos puntuales Eric delega en él. El resto de la banda completó un engranaje perfecto: Desde hace años Nathan East, al bajo, sosteniendo cada tema con una musicalidad y un groove incuestionables, Sonny Emory, batería preciso y elegante, siempre atento al pulso emocional de cada canción, Chris Stainton y Tim Carmon a los teclados, responsables del colchón gospel, soul y blues que envolvía el sonido,y las veteranas coristas Sharon White (Shar) y Katie Kissoon, cuya presencia aportó profundidad, calidez y una dimensión casi espiritual a varios momentos del concierto.

El repertorio: menos fuegos artificiales, más blues

El set list fue una declaración de principios, muy lejos de un mero “grandes éxitos”. Clapton apostó por el blues, por las raíces, por canciones que explican quién es y de dónde viene. El concierto arrancó con “Badge”, evocando la era Cream, tema en donde a día de hoy sigue usando el famoso Leslie en el arpegio del tema,siguió con “Key to the Highway” e “I’m Your Hoochie Coochie Man”, conectando de inmediato con la tradición del blues eléctrico, terminando esta primera parte del concierto con el famoso “I Shot the Sheriff” .

Llegaba el momento más íntimo, un bloque acústico , con “Kind Hearted Woman Blues” y “Nobody Knows You When You’re Down and Out”, y “Golden Rings” interpretadas con una sobriedad y un buen gusto que cortaba la respiración. No hubo artificio; hubo verdad conectada con su Martin. Llegaron momentos especialmente celebrados, como “Layla”, abordada con madurez y sin dramatismos excesivos, aunque a los allí presentes nos hubiera gustado en formato eléctrico con ese Riff inconfundible, o “Tears in Heaven”, recibida con un silencio casi reverencial.

Las incursiones en Robert Johnson “Cross Road Blues” versión Cream y “Little Queen of Spades”, recordaron que, en el fondo, toda la carrera de Clapton es una conversación permanente con el blues del Delta.

El concierto parecía encaminado a un cierre clásico con “Cocaine”, de desaparecido amigo y colaborador J.J Cale, uno de esos temas que resisten cualquier paso del tiempo.

El vinilo: el gesto que rompió la liturgia

Y entonces ocurrió lo inesperado. En un momento ya cercano al final, donde quedaba como colofón de la liturgia el “encore” un asistente del público lanzó un vinilo de Dereck and the Dominos al escenario golpeando a Eric Clapton. El impacto no fue grave fisicamente, pero sí simbólicamente demoledor. Clapton se mostró sorprendido y visiblemente bastante molesto. Tras unos instantes de confusión, abandonó el escenario sin completar la canción y sin ofrecer el bis previsto, “Before You Accuse Me”, que quedó sin interpretarse.

El silencio posterior fue denso. No se trataba solo del final anticipado de un concierto, sino de la sensación incómoda de que alguien había roto un pacto básico, el del respeto a una leyenda viva de la guitarra. Este incidente enturbió la noche mágica, siendo lo más comentado entre los asistentes. Varias de las crónicas publicadas al día siguiente coincidieron en subrayar el carácter absurdo e irresponsable del gesto, que empañó una noche impecable hasta ese instante.

Epílogo: los dioses también sangran

Pese a ese desenlace abrupto, la esencia de la noche permanece intacta. Clapton is God no significa perfección ni intangibilidad. Significa leyenda, legado e influencia, una forma de tocar que ha educado a generaciones de guitarristas. Lo sucedido en Madrid no reduce su figura; al contrario, la humaniza.

Más de veinte años después, Eric Clapton regresó a España para recordar que la grandeza no siempre necesita un final redondo. Basta con una guitarra, una vida entera dedicada al blues y la certeza de haber dejado una huella imposible de borrar.

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