En nuestra particular cabalgada musical hacía horizontes conocidos y desconocidos, este pasado fin de semana, la balanza se inclinó por los segundos.
Los suecos THE SOUNDTACK OF OUR LIVES hicieron acto de presencia en la ciudad apostólica veinte años después de su primera actuación en la sala Capitol.

Pero como es menester, abrimos boca con los teloneros. SPIDERS, como los cabezas de cartel, llegan de la ciudad sueca de Gottemburgo.

Buscando la intensidad, a expensas del virtuosismo, nos golpearon a base de contundentes guitarrazos y con una aptitud punk teniendo como telón de fondo el hard rock con claras influencias de Blondie, MC5 o New York Dolls, entre otros.

Estos primeros compases dejaron el ambiente muy caldeado y la parte de abajo de la sala llena por completo.

La banda sonora de nuestras vidas, traducción del nombre al castellano de la formación que encabezaba el cartel de esta calurosa tarde de mayo, es toda una declaración de intenciones. Esta banda sonora tiene un principio pero no un fin. Su marco, claro esta, es el rock. Dicho esto, es sabido que ese marco limita y condiciona estrechando los márgenes musicales y creativos para mantenerse dentro de él.
Este concepto, atribuible a muchas formaciones, que para nada es peyorativo, no es el paradigma de la banda que nos ocupa. Esta limitación, para The soundtrack of our lives, se convierte en una virtud ampliando el espacio, en lo que a lo musical se refiere. Su afán creativo, cuyo telón de fondo es la autenticidad y la honestidad los convierte en exploradores de nuevos caminos dentro del rock, lo cual, no es fruto de forzar la maquinaría para conseguir el objetivo sino que todo fluye de manera natural.


Esto cobra mucho más sentido si te paras a escuchar, sesudamente, las melodías vocales que corren a cargo de Ebbot Lundberg, donde se vislumbra el gozo del artista así como un compromiso total con los textos. Su voz frisa el blues con el soul, enfatizando con los acentos adecuados en cada compás, para llevarnos por momentos a una catarsis psicodélica donde la rueda del rock se destruye para volver poco a poco a recomponerla. Destruir para construir.
El vendaval de ideas, con respecto a otras bandas, inundó mi mente durante todo el concierto. Desde The Who, Drive My Truckers, The Muse, The Stoges, Oasis etc etc etc. Nada tienen que ver unas con otras, que nadie se moleste, pero con The Soundtrack of our Lives todo cobra sentido siendo poseedores de un estilo rock propio donde lo genuino, original y verdadero son la rúbrica final a su música.


Pero para que esta maquinaria este perfectamente engrasada y reparta leña allá por donde pisa, tenemos que dedicar unas líneas a sus protagonistas. Ebbot esta acorazado por fantásticos músicos, aunque ninguno destaca por ser un erudito del instrumento que maneja, sino que todos, están al servicio de la canción. El primero que se me viene a la mente es el omnipresente y vital Martin Hederos cuyo refrendo es tan importante como el de Ebbot a la voz.
Martin nos lleva de la mano por caminos nocturnos, nebulosos, lluviosos y soleados. Su precisión a la hora de elegir los giros armónicos y las melodías que acompañan a Ebbot son, para el que escribe, lo más destacable de la banda. Una fortuna ser testigo de la creatividad que emana de sus privilegiados dedos, y en consecuencia, del sonido que emiten y transmiten las teclas que pulsa este extrovertido y comunicativo artista.


Ian Person y Mattias Bäried se encomiendan a las seis cuerdas formando un tándem donde todo funciona. Mattias marca los ritmos funk con su Fender Stratocaster a la que se le une la contundencia rítmica de Ian con su Gibson LP, aún así los dos se reparten las tareas melódicas y armónicas, indistintamente. Una gozadera ver dos guitarras rockeras tan compenetradas.
Por último tenemos la base rítmica formada por Kalle Gustafsson Jerneholm al bajo y Fredrik Sandsten a la batería, sin duda, el pulmón y el corazón de la banda, respectivamente, aportando la savia con los nutrientes necesarios para que los instrumentos melódicos puedan crecer.


Conseguir que tu música sea multiangular y multidisciplinar, dentro del rock, no es tarea que se le pueda encomendar a cualquier bípedo. La banda sonora de nuestras vidas lo consigue con un resultado espectacular.
Todo el concierto funcionó como un catalizador de una epifanía donde Ebbot, vestido como el mesías, reparte la eucaristía. Para comprobarlo lo mejor es asistir a uno de sus conciertos donde la experiencia se torna, para el oyente, en una marca de agua imborrable.


Esperemos que su paso por Compostela conlleve, al menos, una cuarta parte del buen sabor de boca que nos han dejado a todos los asistentes y en consecuencia...
No tarden otros veinte años en pasarse de nuevo por estas lindes. ¡Gracias!
![]() |
![]() |



