Por fin llegó el día para gozar con uno de los conciertos más esperados del año en la ciudad de Santiago de Compostela. Nuestra ansia se fue calmando a base buenos pinxtos, aderezados con cerveza fría. Entramos en la sala puntuales y apenas una media entrada contemplaba el templo musical gallego, la sala Capitol. Roquetas curtidos en esto del R&R, llegados de todos los rincones de Galicia, fueron asentando sus posaderas para disfrutar de este esperado evento que se retrasó una media hora hasta que la sala acogió unas tres cuartas partes de la entrada.
La banda que nos ocupa son THE SCREAMIN' CHEETAH WHEELIES y esto es lo acontecido, a golpe de miércoles, en la capital gallega.
Los oriundos de Nashville fueron situándose en el escenario con su respectivo atrezo rockeril. Dos stratocaster’s envolvían al quinteto que se completa con bajo, batería y voz. La gira conmemora el 30º aniversario de su aclamado disco “Magnolia” publicado en el año 1996. De hecho el concierto se dividió, en dos partes, con un descanso incluido de unos diez minutos. La primera parte estuvo dedicada a tocar íntegramente el disco mencionado.

Esta fue la segunda vez que me encandilo con la voz de Mike Farris, buque insignia de la formación. La primera vez que lo vi fue allá por el 2010, en este mismo escenario, y ya no pude borrarlo de mi imaginario musical. Una big band cargada de metales elevaba el soul al Olimpo. La voz de Farris se tornaba aniñada, a la vez que inflamada, entregando matices que viran hacía el tono agudo, pero que contiene una fuerza natural enorme propia de todo cantante que se atreva con este estilo. Este concierto fue un desencadenante para nutrir, con más brío de lo habitual, mi estantería de discos souleros.

En esta onda fueron descargando, uno tras otro, los diez temas que componen este magnífico disco donde, los medios tiempos y el soul/rock, sobrevolaron la sala. Sumidos en esta cabalgada del guepardo, descargaron el completo relicario de este paradigmático álbum: “Backwoods Traveling”, “I Found Love”, “Good Time” etc... y, obviamente, el tema que da título al disco. Todos ellos fueron el catalizador perfecto para que el público se sumiese en una epifanía de soul/rock donde se vislumbró que estábamos ante una banda muy bien engrasada. Composiciones preciosas, muy bien construidas, con giros melódicos originales que hacen que el oyente no se desenchufe en todo el show.
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En esta ocasión, todos los componentes cobran protagonismo y Farris es un factor más del producto resultante. Las dos guitarras de Rick White y Bob Watkins se compenetraban a la perfección, con preguntas y respuestas ,además de alternarse en las facetas rítmicas y solistas, indistintamente. El bajista Steve Burges, con un outfit hippie/rockeril, afilaba sus dedos y acentuaba con precisión cada una de las notas. Por último tenemos a Terry Tomas que se encarga de sostener a la banda en esa frontera, o umbral, donde no la deja caer, ni a un lado ni a otro, sino que mantiene el pulso pertinente aportando al grupo la cadencia y la esencia, en el medio tiempo, que la formación necesita. Todos imprescindibles para que The Screamin’ Cheetah Wheelies tengan un pequeño espacio reservado en los anales de la historia del rock. Con estos ingredientes, el primer plato estaba servido, vamos con el segundo.

Después del merecido descanso, volvieron a pisar las tablas, esta vez con más ganas, si cabe, dejando una impronta imborrable en todos los presentes. Si, en la primera parte, la palabra soul se codeaba con el rock, en esta ocasión el concepto ROCK, con mayúsculas, se quedó solo en la sala Capitol. Qué maravilla poder ver a una banda de rock honesta, sin artificios, que consigue crear un ambiente rock en toda su amplitud. Esta talla solo se puede calzar creyendo en lo que haces y vaciándote en cada show. Por eso el rock sigue remando contra viento y marea ante las adversidades y los The Screamin’ Cheetah Wheelies son, sin duda alguna, un palo más que aguanta esa vela.

Que gozadera rockear con ritmos contundentes tirando al hard pero que contenidos y mezclados con tonadas que contienen giros brillantes le ponen la zancadilla al rock. Imposible no rememorar en esos momentos a mis admirados Black Crowes o The Allman Brothers Band por citar alguna de las referencias de la velada.

Su tayectoria no destaca por tener muchos trabajos, a pesar de los años que contemplan a la banda. Las carreras paralelas, en otras formaciones y proyectos en solitario, de cada uno de los componentes, suponen largos parones en su trayectoria musical. Únicamente son seis, los discos que abarcan, publicándose éstos entre los años 1994 y 2005. Descargaron los temas mas demoledores de sus otros cinco trabajos incluyendo tonadas de su disco homónimo que es el que más le toca la patata a un servidor. Temas como “Boogie King”, “Right Place”, “This Is The Time” o “Shaking The Blues”, entre otros, nos sacaron de nuestros cabales para rematar con una versión muy personal del “The Wizard” de Black Sabbath.


Hacía tiempo que no asistía a tres horas, incluido descanso, de descarga rockera. Con estos mimbres, la verdad es que se hicieron cortas...
Ojalá, The Screamin' Cheetah Wheelies buquen otra disculpa, en lo sucesivo, para volver a juntarse
y así volver a sufrir, en primera persona, su asolador directo.
Agradecimientos a la sala Capitol y esperemos que los ciclos “Pulsacións Sonoras” y “Conciertos Xacobeo”, en el cual se incluía este concierto, nos sigan dando alegrías como la de la noche de autos. Replegamos velas y nos vemos en breve.




